Es raro, pero duele más cuando castiga el cuero del cinturón, la punta donde están los agujeritos, que cuando te pega la hebilla. Debe ser porque la hebilla abre la carne y deja escapar al dolor. No sé. Pero cuando castiga la hebilla, las heridas cierran de a poco, las costras se ponen duras y el pellejo tira cuando hacés un movimiento, aunque sea chiquito. Más cuando las cicatrices se montan unas sobre las otras, y te quedan el lomo y los brazos y las patas llenos de dibujos rojos y marrones que parecen caminitos de un mapa . Él te dice «Hacé», y yo le digo que me explique cómo se hace, porque no sé cómo se hace. Pero él no te explica y te manda. «Hacé», te dice; y como yo no sé, hago las cosas mal y él se enoja. Vos ves venir el castigo ¿Sabés dónde lo ves primero? En los ojos. Se le ponen como duros y rojos, se le entrecierran como los ojos del chino del supermercado. Así: finitos ¿viste? Después, en la boca. Hace una mueca rara, como que la mandíbula se le tranca. No sé...